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Esther ‘Meco’ Andrade nació en Río Grande en 1939. Ayer partió hacia la eternidad.
Esther ‘Meco’ Andrade nació en Río Grande en 1939. Ayer partió hacia la eternidad.

Falleció la antigua pobladora Esther ‘Meco’ Andrade

Profundo pesar en Río Grande por el fallecimiento de la antigua pobladora Esther ‘Meco’ Andrade, íntimamente ligada al Centro de Antiguos Pobladores y profunda defensora de la historia de la ciudad.

 

Allegados, familiares y amigos de Esther ‘Meco’ Andrade informaron a través de distintas redes sociales sobre el fallecimiento de esta antigua pobladora, profunda defensora de la historia de la ciudad.

Su figura está íntimamente ligada al Centro de Antiguos Pobladores que con mucho tesón y el esfuerzo de quienes la acompañaron en esta empresa, se dedicó a rescatar del olvido a muchos vecinos que construyeron la ciudad.

Ese mismo tesón la llevó a difundir junto al municipio de Río Grande, una propuesta de hacer conocer a las escuelas, parte de la historia viva de esta ciudad.

En julio de 2013, hace ya más de cuatro años, con motivo de un nuevo aniversario de Río Grande, Radio Universidad (93.5 MHZ), en el programa ‘Dos Preguntan’ reunió a Ester Andrade y a otros antiguos pobladores como ‘Coca’ y Marta Bilbao, Julián Baeza y ‘Chiquito’ Martínez, quienes desgranaron sus anécdotas y vivencias.

 

Meco por Meco

 

En esa nota, el periodista señalaba que Esther ‘Meco’ Andrade, hoy es casi sinónimo del Centro de Antiguos Pobladores, que por su desafío personal llegó a contar con sede propia hace muy poco, decía este medio.

‘Meco’ es nacida en Río Grande, en 1939. Dice que sus abuelos llegaron “en 1917 porque en Chile no estaba muy buena la situación y acá empezó a trabajar el frigorífico. En esa época emigraron tanto los Andrade como los Segovia”.

“Primero eran trabajadores golondrina, hasta que resolvieron alquilarse una media agua como le dicen, que son dos piecitas, y se trajeron a la familia. Así llegó mi papá con 9 años, de parte de los Andrade; y mi madre, de 8 años, de parte de los Segovia. Fueron a la misma escuela, ahí se enamoraron, y de ese amor surgí yo”, dijo.

“He vivido casi toda mi vida acá, por curiosidad del destino estuve viviendo 16 años en Misiones, que fue lo más acertado que pude haber hecho para conocer lo que es otra provincia. Después vuelvo a Río Grande por razones de salud de mi madre, que no estaba en condiciones de caminar. Me pidieron las tías que vuelva y tuve que quedarme. Voy a ser sincera, siempre con esa idea de irme, pero el destino dice otra cosa”.

En ese regreso comienza a escribir otra historia, donde es decisivo su encuentro con doña Emilia Bonifetti. “Me conoció de pequeñita y tenía ya el centro de antiguos pobladores. Entre reunión y reunión, me trajo a su círculo. El centro no tenía ningún espacio para desarrollar ningún evento, siempre se pedía de prestado. Ella dijo que se iba a retirar y antes de irse me detiene, me dice ‘quiero hablar con vos’, y que tenía que seguir con esto. Me agarraba la mano, así como era de enérgica, y le dije que sí. Eso me trajo una cadena de cosas, de compromisos, y empecé a luchar por el centro de antiguos pobladores, sin tener nada. Empecé a hacer eventos chiquitos, pedía prestado algunos quinchos, hasta que un día vino el concejal Ruiz, y me dijo lo que estaba haciendo el presupuesto participativo, hice mi proyecto y me presenté”.

La pelea no fue fácil porque los nuevos pobladores no entendían la prioridad del centro. “Me peleé con los vecinos, porque la gente que viene de afuera desconoce totalmente nuestras vivencias. Junto con el señor (Julián) Baeza tuvimos varios encontronazos, como yo soy media brava me ponía a discutir para hacerle entender a aquel caballero que preguntaba con sorna qué era esto del centro de antiguos pobladores. Le expliqué a cada uno lo que era el centro de antiguos pobladores. Conclusión, se hizo el centro”, dijo sobre su logro.

La fiesta de inauguración en 2010 y la entrega de la llave fue un acto público al que le sucedió otro festejo personal, en lo más íntimo. “Al otro día volví, miré todo ese espacio, me senté y me largué a llorar. Dije ‘ahora sí, ahora sos mío’, fue un anhelo cumplido. De ahí en más empecé a trabajar, a hacer socios. Hoy soy reconocida como una representante”.

Con respecto a su infancia en la ciudad, dijo que “fue muy linda, a pesar de lo que no teníamos. Nosotros damos charlas a los alumnos de las escuelas y a quien quiera oírnos, y mi repertorio es así: yo nací cuando no había nada de nada, no había agua, luz, nada. Las abuelas se las arreglaban, tenían la quinta, los gallineros en esos patios grandes y disfrutábamos de todo eso, de los juegos tradicionales, el elástico, las rondas. Había maestras excelentes en ese momento”.

La diversión también existía: “Cuando empecé a salir al baile tenía 17 años, mi primera salida fue con toda mi familia al club de mi padre, que era el San Martín, porque fue uno de los fundadores. Los bailes eran con los padres y con los amigos de los padres. En ese tiempo venían a la mesa a preguntarle al padre si podían bailar con la hija. Un día antes de ir al baile le digo a mi padre que estaba cansada de bailar con viejos. De ahí no paré, salí con mis amigos, porque yo quería ir con mis pares. Era buena bailarina porque mi padre me enseñó a bailar. Primero fue el tango, luego el pasodoble, el fox trot, el vals. Todo con mi papá, que fue mi maestro”, dice agradecida.

Con picardía, recuerda a su primer novio. “Tenía 12 años, y tuve muchos admiradores, algunos marcaron mi vida”.

Ya en la vida adulta entró a trabajar en La Anónima y hoy dice estar “muy gratificada porque he vivido momentos muy fuertes emocionalmente, que me han tocado la última fibra de mi ser. Lo penoso fue perder a un gran amigo, el Chango Medina. Viví todo lo que él hizo, formamos el grupo folklórico Horizontes Fueguinos, lo tuve en el centro con su creatividad, su manera de entregarse”, lo recordó con especial dedicación. Hoy su tarea es el centro, “reunirlos, convocarlos en las charlas junto con el señor Baeza. Seguimos con eso, y me llenó de alegría que me hayan distinguido”.

También el centro tiene sus sinsabores. “Están quedando cada vez menos, y es muy penoso tomar la lista de antiguos pobladores cada año y ver los que se fueron. La carga emocionalmente es muy fuerte pero me gratifica poder trabajar para ellos y para el futuro. Soy muy feliz por tener todo lo que tengo”, es su reflexión final.