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Estatales

Cuando uno más uno suman miles

La provincia está transitando por una zona de riesgo y se percibe la sensación de que “algo puede pasar”, en cualquier momento. La situación de conflicto no es deseada, pero no aparecen canales de diálogo ni indicios de acercamiento. Con final abierto todavía, la resolución del conflicto marcará la relación de la actual gestión con el pueblo fueguino, por los próximos años. En este marco, la masividad del reclamo no es un dato menor.

 

(Por José Piñeiro) – La provincia está transitando por una zona de riesgo y se percibe la sensación de que “algo puede pasar” en cualquier momento. Y ese “algo” no es grato, ni agradable, mucho menos pacificador; en una Tierra del Fuego convulsionada e incómoda, desde hace más tiempo que el aconsejable.

Aunque algunos no lo crean, la situación de conflicto no es deseada para los trabajadores, las trabajadoras, los jubilados, las jubiladas, las madres, los padres, los pibes, las pibas, los comerciantes; ni siquiera para los dirigentes gremiales –al menos para la gran mayoría, sino para todos- y se supone que tampoco debería serlo para políticos y funcionarios.

Sin embargo, el “algo puede pasar” está cada vez más presente, más latente en la vida cotidiana de los actores y de aquellos que participan sin ser parte. Aunque pocos podrían sentir que “no son parte”, cuando servicios esenciales como la salud y la educación están siendo afectados por el conflicto. Quizás por eso la comunidad está pendiente, además del numeroso número de fueguinos y fueguinas que tienen un familiar, un amigo, un enemigo, un vecino, un conocido, un amor o un desamor, en la administración pública. O simplemente porque son trabajadoras o trabajadores del estado, y fueron afectados por las leyes de enero.

La incidencia del estado y de los estatales en la vida cotidiana no es novedad, pero la masividad de las medidas que se llevan adelante no son habituales ni casuales. Y cuando uno más uno van sumando miles, debería acusar recibo la sensibilidad de los gobernantes.

Por lo general, los trabajadores no sufren descuentos, dejan sus hogares, pasan frío, vuelven a casa con olor a humo, viajan kilómetros, se quedan roncos; por incomodar a los funcionarios. No lo hacen para molestarlos por pura maldad. Se sacrifican y salen a pelear cuando se intenta avanzar sobre sus derechos, sus conquistas, sus bolsillos y la calidad de vida de sus familias.

Los tiempos que corren en la Argentina no son precisamente de generación de derechos, las economías familiares vienen siendo vapuleadas y las medidas tomadas por el Gobierno provincial vinieron a poner un condimento en el mismo sentido. Saltó la bronca entonces.

Pero además la forma elegida, quizás no tan importante como el fondo pero de condición condicionante a veces; parece haber sido la peor. Repitiendo viejas series del canal “Volver fueguino”, los legisladores votaron en días y horas no habituales, en un mes donde la mayoría estábamos ocupados en tratar de descansar, y para colmo sin consulta ni consenso a los interesados; ni activos ni pasivos.

Entonces el cóctel, como no podía ser de otra manera, se convirtió en bomba molotov y explotó. Sin bomberos a la vista, parece difícil adivinar el final de la película todavía. Algunos recuerdan tiempos pasados, señalando –desde uno y otro lado- “si nos ganan en esta, nos tienen los próximos cuatro años acostados”.

Así las cosas, parece difícil encontrar una salida. Pero así las cosas, el Gobierno debería asumir que cuando uno más uno suman miles; hay que desensillar, sentarse y poner la oreja, porque está hablando el soberano.